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sábado, 16 de agosto de 2014

Vascófobo Catolicismo Franquista

La lectura de esta nota publicada en Gara le hará recordar al amable lector que la Iglesia Católica fue parte, junto con la Alemania Nazi de Adolph Hitler y la Italia Fascista de Benito Mussolini, de la estrategia para destruir la Segunda República Española imponiendo así violentamente la dictadura d Francisco Franco:


Grietas en la Iglesia vasca

Félix Placer Ugarte

El ambiente festivo de esta época del año, que relaja y distiende el ritmo social, no resuelve los graves situaciones sociales y políticas que afectan a la convivencia de nuestro pueblo. Muchas continúan agravándose sin que se realicen las promesas anunciadas en el sector económico, social y político.

También en la Iglesia de Euskal Herria laten problemas de fondo que, aunque de otra índole, están relacionados con la realidad vasca. Pero las respuestas de esta Institución son cada día más tibias, cuando no alejadas en muchos casos de los signos que reclaman posturas, decisiones, y compromisos; en especial por parte de sus dirigentes, cuya responsabilidad carece de coraje y valentía para afrontarlos evangélicamente, con sentido liberador.

Así lo han denunciado dos documentos recientes que provienen de un número significativo de sacerdotes de Gipuzkoa y Bizkaia. En la diócesis donostiarra los problemas vienen ya desde hace cinco años, cuando José Ignacio Munilla fue nombrado obispo, contra el parecer de muchas personas laicas y sacerdotes. Conocido ya por sus posturas conservadoras y posiciones contrarias a los obispos anteriores -Setien y Uriarte- su nombramiento conllevaba una intencionalidad opuesta a la línea anterior. Su actuación a lo largo de este lustro ha provocado en la diócesis, según el escrito firmado por 96 sacerdotes, una penosa situación de desconfianza, división y marginación de sectores progresistas. El euskera, la cultura vasca y la identidad del pueblo vasco y su situación están siendo marginados en la acción pastoral. Todo ello bajo la dirección autoritaria e intransigente de monseñor Munilla.

Según el escrito del Bizkaiko Abadeen Foroa, dirigido al Consejo Episcopal de Mario Izeta, su diócesis está sufriendo un déficit de coraje misionero y evangelizador. Ante situaciones de escandaloso aumento de la injusticia y pobreza, falta valentía para afrontarlas solidariamente en todos los ámbitos en que se manifiesta. Tampoco el futuro se presenta halagüeño en las nuevas generaciones. Sin creatividad innovadora en clero y laicos, la crisis de comunión se ha acrecentado en la diócesis. Proponen en consecuencia una nueva Asamblea diocesana que sea capaz de proponer caminos para una eficacia evangelizadora.

En esta última época no ha habido reacciones similares en las restantes diócesis vascas. Aunque hay que destacar la reciente denuncia de un grupo de Iparralde ante la prohibición episcopal -luego revocada- a... Peio Ospital para intervenir en Lapurdi Irratia por su actitud crítica con la Iglesia, su obispo Marc Aillet y entorno se mueven también por líneas conservadoras.

Particularmente grave se muestra la situación del arzobispado de Iruñea, donde su titular, Francisco Pérez, está conduciendo la diócesis por caminos retrógrados en lo pastoral y cerrados a la identidad euskaldun de aquella histórica diócesis.

En la diócesis de Gasteiz se intentó hace unos años, por medio de una Asamblea del Presbiterio, renovar la pastoral; se trabajó con intensidad, pero su fase decisoria no llegó a realizarse debido a la oposición de la curia y del sector más conservador del clero. La diócesis, con su obispo, Miguel Asurmendi, desde hace 19 años, ha ido perdiendo vigor interior y capacidad de incidencia hacia el exterior.

Estas recientes expresiones de denuncia en Bizkaia y Gipuzkoa y el largo y silencioso malestar de las otras diócesis vascas son grietas que amenazan la estabilidad conservadora mantenida hasta ahora. En el fondo manifiestan el grave problema de la Iglesia en Euskal Herria, de su forma y compromiso para responder a los signos de los tiempos, como deseó el Concilio Vaticano II hace 50 años. Pero hay grandes dificultades y reticencias para un cambio en profundidad. Edificada a lo largo de la prolongada cristiandad, nuestra Iglesia aparece como una catedral sostenida por las columnas del poder jerárquico, donde su mensaje está filtrado por los ventanales dogmáticos teñidos de colores eclesiásticos que ensombrecen y hacen ininteligible con frecuencia la luz diáfana y liberadora del evangelio para nuestro pueblo. Los nervios que sostienen sus bóvedas son leyes canónicas que ofrecen aparente seguridad al pueblo de Dios, pero le impiden ser sujeto responsable y libre. Los obispos actuales y su entorno se mueven en este espacio que dominan y controlan ante el agitado mar vasco donde no se atreven a adentrarse y arriesgarse. Buscan y se conforman con restañar grietas para mantener la seguridad de su templo.

Sin embargo, tal y como lo proponen los documentos citados y otros grupos lo han venido haciendo hace años, es necesario no abrir nuevos templos, sino crear espacios liberadores desde los pobres, los necesitados, excluidos y marginados donde se conquiste su libertad y dignidad robadas. Es urgente que la luz que ilumine el camino no quede encerrada en dogmas anquilosados -que tuvieron y tienen su valor- pero cuya referencia definitiva debe ser el evangelio sin filtros, interpretado, como insistió el Vaticano II, en los signos de los tiempos. Que los nervios que aportan seguridad y firmeza no sean normas y leyes restrictivas, sino la justicia, la solidaridad, la compasión, la liberación. Que el pueblo de Dios en Euskal Herria comparta en igualdad de condiciones y derechos para mujeres y hombres la mesa fraternal en la que a nadie le falte el pan de cada día. Que la libertad comunicativa sea plural y libre, abierta y transparente.

Hay grupos de creyentes que son sensibles a este estilo de Iglesia nueva entre nosotros. Los testimonios de un voluntariado entregado en la ayuda generosa a los más necesitados, en barrios, cárceles, familias sin ingresos se multiplican. Tampoco faltan voces proféticas de denuncia y anuncio.

Pero la Iglesia institucional vasca está bloqueada, sin respuestas eficaces a lo que hoy exige una evangelización que ponga en práctica el mensaje de Jesús de Nazaret de liberación de pobres, cautivos y oprimidos. En general, está más preocupada por su mantenimiento y subsistencia (con un clero envejecido y disminución de fieles) que por su compromiso profético ante las necesidades de su pueblo y su lucha por la justicia, la libertad, los derechos humanos, en especial con los presos y con los más desfavorecidos por un sistema económico «que mata», en frase del papa Francisco, niega la dignidad a la mayoría, incrementa recortes y pobreza ante la indignación popular. Son desafíos urgentes para una Iglesia que debe anunciar la justicia y la paz.

Hoy, nuestra Iglesia vasca, tal como está estructurada, carece de las opciones y audacia requeridas para ofrecer respuestas, como subrayan los documentos citados. Creo además que faltan conciencia y convicciones de lo que Euskal Herria es y necesita para lograr la paz basada en la justicia, respetando la pluralidad y legítimas diversidades, como lugar de diálogo y encuentro dentro de ella y en la sociedad vasca en su conjunto.

Los obispos, primeros responsables, y su entorno no pueden responder por sí solos a este nuevo estilo de Iglesia vasca. Es necesario recuperar la responsabilidad y la confianza laicales. Para ello, como afirmaba el obispo brasileño A. Lorscheider, hay que escuchar al pueblo, su cultura, su memoria, en su lengua, sin tener que decir la última palabra, ser serviciales de quienes sufren esta injusta crisis, en las cárceles, en la marginación; «devolver la palabra al pueblo creyente es un viejo deber de sus pastores», dijeron los anteriores obispos vascos.

En esta situación crucial la Iglesia vasca no puede refugiarse en posturas dogmáticas y despóticas, en sus seguridades alejadas de la vida de su pueblo, de la defensa de su identidad y libertad, de la justicia y la paz, de su cultura, del euskera. Debe responder con fidelidad evangélica a los signos de los tiempos. Hacerse samaritana con tantas personas marginadas, liberadora de tantos oprimidos, sanadora con manos solidarias de una sociedad infectada por el capitalismo. En definitiva, ser fiel al Espíritu de quien vino a anunciar la buena noticia a los pobres, a liberar a los cautivos, a proclamar una amnistía de reconciliación y justicia, fuentes de la paz que Euskal Herria busca.




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