sábado, 10 de junio de 2017

Egaña | Cacotopías

En memoria de Gladys del Estal, les compartimos este texto que Iñaki Egaña ha publicado en su cuenta de Facebook:


Iñaki Egaña

Las hojas abanicadas del ginkgo biloba habían renacido otra temporada con la primavera, y van cerca de doscientas en este ejemplar, agradeciendo su naturaleza excepcional. Ningún botánico supo clasificarlo, es especie única, y hasta hace unas décadas apenas unos ejemplares habitaban en nuestra tierra. Hoy, lamiendo las leyendas de un literal “nieto del creador”, calles, parques y jardines se han habituado a los ginkgos, multiplicados por esa creencia, desconozco si cierta, de que atrapan el dióxido de carbono con mayor celeridad y pericia que el resto de árboles.
Mi ejemplar es también especial. De los primeros de Gipuzkoa, plantado por los jardineros de un duque que quiso rodearse de las especies más exóticas. Han pasado esos doscientos años, y aunque mi ginkgo no ha llegado a los dos mil que viven otros ejemplares de su linaje, su distinción la consuma cada vez que su sombra se inclina para fundirse con la estela que nos recuerda a aquella muchacha de ojos ambulantes, cabello castaño y sonrisa congelada. Una huella tallada con su nombre, Gladys del Estal, que en otoño acaricia las hojas ya amarillas del ginkgo, aventadas hasta su base.
Llovía con fuerza, tanta que los paraguas nos hacían extraños en un escenario acotado por el ginkgo, la estela y el recuerdo de un aniversario que continúa, año tras año, ahondando en la memoria, anidando en nuestros sueños. Habían pasado nada menos que 38 años desde que un guardia civil, condecorado por su fechoría, arrancó la vida a Gladys, a nuestra Gladys de ojos ambulantes y cabello castaño. Carlos Trenor, más de diez años en prisión, tomó el micrófono para recordarla, para descongelar su sonrisa y para desvelarnos una confidencia. Poco antes de morir, Gladys le había transmitido su ilusión por el futuro, su convicción de que la pelea vale la pena.
Recordé, bajo el paraguas azotado por el eco de las gotas golpeando sus lomos, aquella última emisión de Salvador Allende en Radio Magallanes, instantes antes de su fallecimiento por los cuervos de la muerte alentados por Pinochet: “mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”. Y asocié palabras alcanzadas desde el otro lado del océano, con esa reflexión sencilla de Gladys a un entonces descreído Trenor. Un testamento que desde Tudela, desde Santiago de Chile, desde las prisiones por las que ha pasado Carlos, desde ese parque húmedo custodiado por el ginkgo centenario, se expande como el polen de esta primavera húmeda por reiteración.
¿Sobrevive la ilusión? Los distópicos, enemigos andantes de la utopía, antónimos por definición, copan los escenarios de la vida con una desfachatez que me impresiona. Nada es posible, la fortaleza y el poder del enemigo, sus alianzas, sus medios para deshumanizarnos son de tal magnitud que siendo breve la existencia caer en la tentación de combatir por una “sociedad mejor” es una ilusión que no vale la pena. Los nihilistas nos adelantan con las ventanillas de sus vehículos deslizadas para abrir una boca descomunal atrapada en una carcajada. El cuerpo se perfuma y se convierte en meta, las letras carecen de sentido y el compromiso adquiere un poso ofensivo para las conciencias coloreadas por ladrones de nuestras biografías.
Nos han hecho creer en las cacotopías, en las distopías, como una tendencia natural, una autopista del tiempo en la que las salidas están abnegadas por toneladas de hormigón que ni siquiera la religión es capaz de desplazar. Estamos en un mal escenario, alguien dirá que el peor de los posibles, sin remedio. Sin la eventualidad de escapar. La evidencia camina a pasos agigantados para decirnos que hay que rendirse y disfrutar, consumir y deleitarnos con esos pequeños zumos que nos ofrece nuestro paso por la historia.
Un tal Thomas Berington utilizó allá por 1714 el concepto “cacotopía” por vez primera como oposición a la utopía descrita por un compatriota, Thomas More, dos siglos antes. Quienes narraron las intenciones de Berington, las describieron de la forma más sencilla, sátira a esa sociedad que imperaba en la Gran Bretaña del siglo XVIII. Valores, negocios, trampas y desasosiegos muy similares, por lo que acierto a intuir, a los del siglo XXI, al menos en ese distrito que pomposamente llamamos Primer Mundo.
Los derrotados, los faltos de ilusión, aquellos que pregonan cacotopías, han llegado a inferir en nuestra vida cotidiana con un mensaje victorioso, en el fin de las ideologías, en el destino final de esa evolución de la especie con una espera muy corta para dar el salto definitivo hacia las galaxias más cercanas y, de paso, hacia la eternidad. Es, en consecuencia, inútil avanzar en la revolución. Se trata de ajustar engranajes, cambiar de vez en cuando el aceite y retocar los frenos. Nos han hecho creer que es intención mayoritaria, inteligente y sabrosa sobre todo los fines de semana, a partir de que la luz se pierde en el horizonte.
Sin embargo, las revoluciones, las grandes y pequeñas peleas siguen dando sentido a una existencia excepcional pero injusta hasta la saturación de la propia palabra. Las elites cada vez están más contraídas, las diferencias cada vez más anchurosas y las desigualdades se han convertido en colosales, según la ubicación continental del termómetro. El Norte rapaz, el Sur saqueado. Desde que Berington introdujo el término aciago de la cacotopía, desde que tres siglos más tarde Fukuyama se atrevió a enviarnos al conjunto de la humanidad al cementerio del fin de la historia, los combates, bien es cierto que desiguales, no cesaron.
Abolimos la esclavitud en masa y aunque aquí y allá empresarios sin escrúpulos siguen comprando esclavos en el mercado capitalista, millones de hombres y mujeres rompieron el destino al que estaban predestinados. Centenares de millones de mujeres vieron reconocido su derecho al voto, después del combate de las sufragistas. Generaciones de obreros, de campesinos, de estudiantes, de desposeídos, se alzaron contra los tiranos, en la Comuna de París, en la Revolución rusa que ahora cumplirá cien años, en la china, en la vietnamita, en la cubana, en la nicaragüense, e incluso en el corazón de la bestia como en Chicago, como los espartaquistas en Berlín.
Pero también en lo local, en miles de pequeños combates la mayoría desiguales pero no por ello susceptibles de ser derrotados. Desde la lejanía nos llegan los ecos de las peleas por el agua, por la tierra, por la defensa del ecosistema, contra los transgénicos, contra el fracking, contra las infraestructuras inútiles, por la educación universal, por la salud gratuita, contra las energías expoliantes, por los derechos civiles, por un pedazo de pan… Que tienen su expresión también entre nosotros, en temas con gran visibilidad, como el de los residuos y el patrón de ciudad, Errekaleor, hasta los modelos de consumo más precisos y de menor resonancia.
Sé que con muchas compañeras y compañeros que me acompañan en esas pequeñas y grandes utopías no tengo una identificación ideológica integral, sobre todo cuando se trata de proyectos que acumularon el fondo de la historia. Dolores Ibarruri, Eli Gallastegi, Jean Barbier, Jean Haritschelar, José Miguel Beñaran o incluso Joseba Sarrionandia juntaron letras para elevar a rango la utopía vasca. Pero no es ese el quid. El meollo de unos y otros son las dinámicas de pelea, la ilusión por revolucionar el estado del mundo y doblegar a los distópicos que contaminan con su abatimiento presente y futuro.
Gladys del Estal, una muchacha de 23 años, rescatada en su recuerdo, nos pedía ilusión. Apostaba por mantener esa ventana abierta a la esperanza. A través de su portavoz, Carlos Trenor, 73 años, frente encogida, espejuelos huidizos y cabello plateado. Siempre habrá un canto inconcluso, una lucha que no necesita demora. Y, en ese camino, nos asistirá el calor, el frío, la primavera, el otoño, de ese ginkgo testigo de nuestro paso combativo por la vida.






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